Repetimos la rutina de días alternos, la primera deshaces
maletas, la segunda haces maletas.
El autobús y Bat, con puntualidad inglesa nos recogen a las
ocho de la mañana. El termómetro sarcástico, ignorante de esta hora tan temprana
ya escala los 30 grados y la humedad se siente en todos los poros de la piel, ya
hemos desayunado, ya hemos sudado los zumos que hemos tomado y estamos listos
para un nuevo día de visitas camino de Hue.
Desde el hotel hasta las ruinas de My Som hay hora y media de carretera, lo
bueno es que están en la misma ruta que nuestro destino final Hue.
Deshacemos el camino de anteanoche pero esta vez de día, a
izquierda de la carretera van sucediendo una tras otra playas vírgenes de arena
fina, a la derecha una gran base aérea yanqui, vallada por un muro de piedra
que protege todo su perímetro, parece un monumento al recuerdo de tanta victima
inútil dado el resultado de la contienda y la evolución del país. Gracias a la
altura del bus podemos ver desnudos los hangares y parte de la torre de control,
las pistas de aterrizaje van de norte a sur y salvo por las explicaciones de
Bat nada hace suponer que hay detrás del muro, también llama la atención que
una zona tan privilegiada este fuera de la vorágine del urbanismo hotelero.
| Ruinas de My Son |
Cuando llevamos una hora, todos como ovejas amodorradas vamos buscando la escasa sombra
de este páramo lleno de ladrillos rojos. Cuando Bat emprende el camino al
autobús que está en algún punto del parque casi lo adelantamos, cinco minutos
después me doy cuenta que he perdido mi gorra, me vuelvo en un impulso por
buscarla, se dónde está, pero pueden más en mi las ganas de tomar una botella
de agua fría.
| Buda Sin cabeza |
Inexplicablemente volvemos, hora y media por el mismo camino, a comer al lado justo del hotel. Cosas de la sapiencia oriental y que nuestras desentrenadas mentes no llegamos a entender, el grupo a coro exigen un restaurante menos “pijo” y más fresquito, se condena la belleza por la comodidad, con la promesa de Bat de que nos gustará seguimos nuestro camino.
| Detalles para llevar a la familia |
Parada a hacer aguas menores. Esta vez paramos en una fábrica
de esculturas de mármol. Aun hoy, no entiendo en que maleta pretendían que nos trajésemos
esas “figuritas” habían figuras desde medio metro hasta tres metros, desde 70 a
3000 kilos, todo tipo de animales, budas y tenían hasta un sofá de tres plazas.
Al fondo bajo una lona estaban tres operarios con grandes radiales sacando,
envueltos en chispas, verdaderas obras de arte. Justo al lado media docena de
chicas iban perfilando las esculturas.
Llegamos al mismo punto del que partimos por la mañana,
para ser exactos dos puertas más a la izquierda, El restaurante precioso porque
si, en la sala principal de al menos cien metros de larga por 25 de ancha habían
puestas mesas para dos grupos más grandes que el nuestro. Nos dirigimos como
campeones a un reservado con cuatro mesas grandes, que había al fondo de la
sala y al pasar las puertas, bofetada en todo el morro, no estaba puesto el
aire y hacía un calor de mil pares de “cajones”.
Empiezan las protestas, algunas voces, aparecen las
camareras con tres ventiladores y nos encienden el aire. La comida muy rica no
la pudimos disfrutar por la mala gaita que teníamos al ver lo ratas e inútiles
que son algunos “directores de restaurantes” como jactanciosamente se llaman, por
no prever estas circunstancias. Al final de la comida, acorralamos a Bat en la
entrada, este le pasó la pelota al director, este mucha reverencia, mucha
sonrisa y al final ajo y agua y todos al autobús.
| Bahia de Da Nang |
La carretera va dando vuelta y ganando altura dibujando la preciosa Bahía de Da Nang.
| Altares en recuerdo de los muertos en accidente |
A los lados de la carretera se ven pequeños altares, ahora llenos de polvo, desatendidos al mitigarse el dolor de los familiares que los levantaron en recuerdo de algún familiar, víctima de tanta curva,
Paisajes con colores exuberantes, armoniosos azules del mar, verdes de la vegetación y arenas de sus finas playas, encumbramos el puerto de Đỉnh đèo Hải Vân donde hacemos una parada para calmar nuestras ansias de fotografía.
La siguiente parada es en la ciudad de Lang Co, el autobús para al final de la ciudad y de una pequeña albufera Vung an Cu, el atardecer nos regala unas preciosas vistas que en un momento quedan inmortalizadas.
Bajamos a buscar un italiano que
vimos al pasar y después de dar vueltas a dos manzanas acabamos cenando
hamburguesas en un local cerca del hotel.



