sábado, 4 de octubre de 2014


El camarada Lu, adjetivo camarada con el que se dirige al grupo a través del micrófono del autobús y que de forma continua rectifica Rodolfo, “somos compañeros no camaradas”, nos ha convocado a las ocho de la mañana con el ruego de ser puntuales para evitar los atascos matinales que se montan en la entrada y salida de la ciudad.

Con puntualidad inglesa, los 34  estamos a las puertas de los hoteles, hoy nos despedimos de Hanói, nuestro siguiente destino es la bahía de Ha Long  declarada patrimonio de la humanidad en 1994 y ampliada en 2000, está al este de Hanói a 170km, hace frontera con china y ocupa una extensión de 1500km2 con unas dos mil islas más o menos.

A pesar de ser una corta distancia 170km el autobús tarda más de cinco horas en realizarla. Para amenizar el traslado y vista la insistencia del chofer en no dejarnos pegar ojo por sus rítmicos toques de claxon, Lu empezó con una disertación llena de vigor, más divina que humana sobre las bondades del régimen comunista, los avances logrados en el corto periodo desde el final de la guerra con EEUU y posteriores enfrentamientos con Camboya y china. Alardeó con insistencia del perdón “no del olvido”  de las atrocidades de guerra sufridas gracias a la incursión de los americanos. También como logró la conversión del país de un comunismo extremo a un socialismo de izquierdas, todo y gracias a que en el comunismo no eran capaces de dar de comer a toda la nación.

Ni que decir tiene que no nos dormimos por el cachondo tocapitos., Lu, con un tono rítmico, de esos bajitos que usas para hablar al oído dormía hasta las ovejas.

Hicimos la parada típica de turista, meadita en tienda para levantarnos algunos dong, siempre caen cervecitas, patatitas y si se da mal algún otro artículo más caro que aumenta el peculio del guía al que siempre le arriman una comisión. Y puedo ser pesado pero era bajarse del autobús y tirarte el calor a pozales llenos por lo que a poco que pudieras volvías trotando al bus.

Una buena costumbre es que cuando regresas, en la puerta está el guía y el conductor que te van dando toallitas húmedas, de un solo uso y botella de agua fresca, no existe la palabra fría en este bendito idioma. Arrancamos, nos incorporamos a la carretera que por cierto es una línea recta, no recuerdo curvas en todo el trayecto. Lu viene por el pasillo con más aguas envueltas en un trapo, todos nos asomamos entre los asientos para indicar que queremos más, el autobus sigue el trazado de la carretera y justo detrás de Lu  vemos con más botellas en las manos al conductor del bus. 

Esto es cierto y exacto yo me congestiono, se me suben las tripas y lo que va debajo hasta el mismo garganchón, ¿quien mierda conduce el autobus? tengo la misma sensación que cuando te tiras por la cuesta más alta de la montaña rusa, empiezo a abrir la boca y en ese momento, en ese preciso momento explota la burbuja del pánico, hay un doble del conductor conduciendo el vehículo. 

Más tarde nos enteramos que el tocapitos lleva a un maletero que tiene la misma estampa y va vestido igual que él. Ya podían avisar menudo mal trago que pasamos.

Tiempo después la voz de Lu nos informa de la próxima parada, es una fábrica de artesanía popular donde solo trabajan, aquí se para, no encuentra la palabra en español, sonríe y la suelta NIÑOS DEFECTUOSOS se produce un breve silencio, traducimos a nuestro español civilizado, niños minusválidos y a coro, entre risas, este carácter nuestro, rectificamos al guía.


En esta fábrica vendían tapices, bordados con hilos de seda preciosos, con unos colores fuertes que iluminaban por si solos el espacio que ocupaban, la única pega era cuando mirabas el precio que estaba en una etiqueta por detrás, ni uno bajaba de los trecientos euros, la comitiva paso por todos los puestos intentando no molestar ya que comprar, lo que se dice comprar, no compró nadie.


Por fin llegamos al puerto, es casi la una y empieza a chispear, casi se agradece, hace más soportable el bochorno. A los del país no les afecta lo más mínimo el clima, del muelle a donde están las lanchas existe un terraplén de cemento con una cuesta muy pronunciada, los grumetes y alguna tripulante (mujer) se lían a bajar maletas por la empinada cuesta, mi  yo morboso no se resiste a ver qué cara pone al que le toque cualquiera de las mías.  

La primera la engancha un hombre bajito que al tirar de la maleta casi se deja el brazo, flexiona las piernas y como si fuera un resorte se la sube al hombro y en un acto de chulería, dedicado a todos los fotógrafos amateur se coge una más pequeña del brazo. Todos con cara de vicio esperando que tropezase alguno para sacar la foto chunga del viaje y a la vez rezando para que no cállese con la suya.

El mayorista con el que contratamos el viaje tenia para esta excursión dos barcos, el nuestro, donde íbamos 30 de los 34 del grupo y el barco bueno, caro, molón  donde iban los otros cuatro. Aclarado este punto os cuento.

El día de antes, en la excursión de Hanói, una pareja, que terminarían siendo buenos amigos, Adela y Carlos “Martillo”  el apodo le venía de su pasado de zaguero en el rugby, preguntaron al guía la posibilidad y el coste de cambiar de barco porque una amiga suya le había dicho que era mucho mejor. 

Media hora más tarde había gente que conocía a uno y este a otro que su mejor amigo había visto una rata en las cocinas tan grande como un gato. En un momento todos ya nerviosos queríamos ir al barco way como fuese. 

Dos horas más tarde el tío gilito, $$,  nos retornó la cordura, el cambio se ponía por los 120€ por persona. Como si de un bálsamo se tratase y a contracorriente de la primera información, el mejor amigo era un exagerado impresentable y algunos opinábamos que una rata del tamaño de un gato en estas latitudes es animal exótico, si no sale de la cocina y en la mism no se come al cocinero, los pinches que espabilen.

Cargados de aprensión, nos acercamos a un velero pequeño de unas 10 cabinas, bastante decrepito y con mucha necesidad de reparación y lamentamos nuestra mezquindad por no gastarnos los 240€ del cambio, miseria porca miseria.

El capitán de nuestra chalupa, como si conociese nuestra desazón, se encara al barco y cuando parece que va a atracar a su borda lo pasa de largo, se oye, se siente vaciarse 30 pulmones y se arrancan las primeras voces nerviosas. Ahora nos dirigimos a un velero de tres palos a  trescientos metros a babor, como todos de color marrón y con muchas plantas en la terraza superior, tiene tres cubiertas y en la primera se ven unos amplios balcones. Nuestras maletas están siendo descargadas en ese barco, por favor que no sea un error.


Embarcamos por un costado y nos conducen por una escalera de madera de caoba, flipa colega, al restaurante, bar y salón allí nos esperan con toallitas frescas y un vaso de zumo. El salón es tan grande como el barco, más de 100m amueblado con sillas tapizadas y siete u ocho sofás, al fondo una barra  americana y por todo el salón grandes ventanales. Después de tomar el refrigerio nos dan las llaves de nuestro camarote y salimos pitando a ver nuestras habitaciones.


Balcón

Camarote






Pongo la foto de la habitación, hoy sigo dudando si mi recuerdo esta tergiversado por la “desazón” porque a mí personalmente me pareció impresionante. Una cama americana de dos por dos una servicio de cuatro por dos y un balcón agradable con una mesita, dos sillas y dos plantas preciosas. Revisamos todo, como la gobernanta de un cinco estrellas y no encontramos ni un poco de polvo y ni rastro del animal exótico.


La comida muy bien presentada tenía hasta marisco. Terminado el ágape y después de la sobremesa, disfrutamos de las explicaciones de la guía que en ingles nos informaba de las actividades de la  tarde y del día siguiente. Ella hablaba y todos atendíamos a los dos o tres del grupo que chapurreaban y traducían con lo que siempre teníamos tres o cuatro versiones del significado de lo que contaba, menos mal que nadie podía perderse en un lugar tan cerrado.

Puerto salida cueva
Nos llenaron de chalecos rojos y nos metimos en la lancha, nos dejaron en un puertecito construido de madera que soportaba una explanada artificial que daba paso a una escalera ocupada por las gentes de otros barcos que hacían la misma excursión. 

Vista desde la cueva
Entramos en una cueva calcárea, amplísima muy parecida a las de nuestro país, Vall de uxo, Drag, cueva del águila, con subidas y bajadas con todo tipo de estalactitas y estalagmitas y con una humedad salvaje, había tramos que circulabas al borde del acantilado y apetecía saltar e ir a nado al barco.

En la playa
Terminada la visita nos llevaron a una playa privada, a todas luces artificial que tiene un mirador en lo más alto, se ve en muchos videos de Vietnam. Nosotros nos metimos directamente al agua y dejamos para otros más intrépidos la escalada, hay más de 250 escalones para llegar a la cima. El color del agua desde el barco es turquesa y desde la playa es marrón claro por los nutrientes y arrastres que lleva, no está sucia pero los pies no te los ves a poco que entres en ella. 
Playa y pagoda vista desde el barco

La diversión duro poco, empezaba a anochecer y en estas latitudes se hace noche cerrada en diez minutos, salimos pitando para el barco, ducha, modelito para la cena y al salón, en cubierta no se podía estar ya que había empezado a caer una fina lluvia, ¡¡¡qué bonito!!!



Cubierta superior

Tirando las redes en la rada

Se organizó una clase de cocina, donde hacían rollitos vietnamitas. Rodolfo y yo pertrechados con cámaras y dos cervezas nos sentamos alejados del círculo de “arguiñanos”. 


Nuestro fallo fue acercarnos a la mesa para pillar dos rollitos de los que estaban preparando, para acompañar a nuestras cervezas. En un tras la guía inglesa pilla al roch con la mano en la fuente y antes de que este proteste se le ve con un delantal de cocinero y amorrado a la mesa haciendo masa como un indígena más. Nosotros tres, Rosa Amparo y yo, personas sacrificadas donde las haya nos bebemos su cerveza y arriesgando nuestra salud nos adjudicamos el decanato de jueces catadores y ayudados por más cerveza acabamos probando todos los rollitos de todas las pruebas.



El barco fondeo en una rada preciosa, estábamos rodeados de islas de la misma altura en sus picos, todas cubiertas de una vegetación espesa, sin ningún tipo de albergue donde pudiera vivir nadie. Las únicas luces que se veían eran las del propio navío. El mar estaba en una perfecta calma, por no distinguirse no se apreciaba el flujo de las mareas. En esta paz idílica cenamos y como ya era costumbre nos acostamos pronto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario