El camarada Lu, adjetivo camarada con el que se dirige al
grupo a través del micrófono del autobús y que de forma continua rectifica
Rodolfo, “somos compañeros no camaradas”, nos ha convocado a las ocho de la
mañana con el ruego de ser puntuales para evitar los atascos matinales que se
montan en la entrada y salida de la ciudad.
Con puntualidad inglesa, los 34 estamos a las puertas de los hoteles, hoy nos
despedimos de Hanói, nuestro siguiente destino es la bahía de Ha Long declarada patrimonio de la humanidad en 1994
y ampliada en 2000, está al este de Hanói a 170km, hace frontera con china y ocupa
una extensión de 1500km2 con unas dos mil islas más o menos.
A pesar de ser una corta distancia 170km el autobús tarda más
de cinco horas en realizarla. Para amenizar el traslado y vista la insistencia
del chofer en no dejarnos pegar ojo por sus rítmicos toques de claxon, Lu empezó
con una disertación llena de vigor, más divina que humana sobre las bondades
del régimen comunista, los avances logrados en el corto periodo desde el final
de la guerra con EEUU y posteriores enfrentamientos con Camboya y china.
Alardeó con insistencia del perdón “no del olvido” de las atrocidades de guerra sufridas gracias
a la incursión de los americanos. También como logró la conversión del país de
un comunismo extremo a un socialismo de izquierdas, todo y gracias a que en el
comunismo no eran capaces de dar de comer a toda la nación.
Ni que decir tiene que no nos dormimos por el cachondo
tocapitos., Lu, con un tono rítmico, de esos bajitos que usas para hablar al oído
dormía hasta las ovejas.
Hicimos la parada típica de turista, meadita en tienda para
levantarnos algunos dong, siempre caen cervecitas, patatitas y si se da mal algún
otro artículo más caro que aumenta el peculio del guía al que siempre le
arriman una comisión. Y puedo ser pesado pero era bajarse del autobús y tirarte
el calor a pozales llenos por lo que a poco que pudieras volvías trotando al
bus.
Una buena costumbre es que cuando regresas, en la puerta está
el guía y el conductor que te van dando toallitas húmedas, de un solo uso y
botella de agua fresca, no existe la palabra fría en este bendito idioma.
Arrancamos, nos incorporamos a la carretera que por cierto es una línea recta,
no recuerdo curvas en todo el trayecto. Lu viene por el pasillo con más aguas
envueltas en un trapo, todos nos asomamos entre los asientos para indicar que
queremos más, el autobus sigue el trazado de la carretera y justo detrás de Lu vemos con más botellas en las manos al conductor del bus.
Esto es cierto y exacto yo me congestiono, se me suben las tripas y lo que va
debajo hasta el mismo garganchón, ¿quien mierda conduce el autobus? tengo la misma sensación que cuando te tiras
por la cuesta más alta de la montaña rusa, empiezo a abrir la boca y en ese
momento, en ese preciso momento explota la burbuja del pánico, hay un doble del
conductor conduciendo el vehículo.
Más tarde nos enteramos que el tocapitos
lleva a un maletero que tiene la misma estampa y va vestido igual que él. Ya podían
avisar menudo mal trago que pasamos.
Tiempo después la voz
de Lu nos informa de la próxima parada, es una fábrica de artesanía popular
donde solo trabajan, aquí se para, no encuentra la palabra en español, sonríe y
la suelta NIÑOS DEFECTUOSOS se produce un breve silencio, traducimos a nuestro
español civilizado, niños minusválidos y a coro, entre risas, este carácter
nuestro, rectificamos al guía.
En esta fábrica vendían tapices, bordados con hilos de seda
preciosos, con unos colores fuertes que iluminaban por si solos el espacio que
ocupaban, la única pega era cuando mirabas el precio que estaba en una etiqueta
por detrás, ni uno bajaba de los trecientos euros, la comitiva paso por todos
los puestos intentando no molestar ya que comprar, lo que se dice comprar, no
compró nadie.
Por fin llegamos al puerto, es casi la una y empieza a
chispear, casi se agradece, hace más soportable el bochorno. A los del país no
les afecta lo más mínimo el clima, del muelle a donde están las lanchas existe
un terraplén de cemento con una cuesta muy pronunciada, los grumetes y alguna
tripulante (mujer) se lían a bajar maletas por la empinada cuesta, mi yo morboso no se resiste a ver qué cara pone
al que le toque cualquiera de las mías.
La
primera la engancha un hombre bajito que al tirar de la maleta casi se deja el
brazo, flexiona las piernas y como si fuera un resorte se la sube al hombro y
en un acto de chulería, dedicado a todos los fotógrafos amateur se coge una más
pequeña del brazo. Todos con cara de vicio esperando que tropezase alguno para
sacar la foto chunga del viaje y a la vez rezando para que no cállese con la
suya.
El mayorista con el que contratamos el viaje tenia para esta
excursión dos barcos, el nuestro, donde íbamos 30 de los 34 del grupo y el
barco bueno, caro, molón donde iban los
otros cuatro. Aclarado este punto os cuento.
El día de antes, en la excursión de Hanói, una pareja, que terminarían
siendo buenos amigos, Adela y Carlos “Martillo”
el apodo le venía de su pasado de zaguero en el rugby, preguntaron al guía
la posibilidad y el coste de cambiar de barco porque una amiga suya le había
dicho que era mucho mejor.
Media hora más tarde había gente que conocía a uno y
este a otro que su mejor amigo había visto una rata en las cocinas tan grande
como un gato. En un momento todos ya nerviosos queríamos ir al barco way como
fuese.
Dos horas más tarde el tío gilito, $$, nos retornó la cordura, el cambio
se ponía por los 120€ por persona. Como si de un bálsamo se tratase y a
contracorriente de la primera información, el mejor amigo era un exagerado
impresentable y algunos opinábamos que una rata del tamaño de un gato en estas latitudes es animal exótico, si no sale de la cocina y en la mism no se come al cocinero, los pinches que
espabilen.
Cargados de aprensión, nos acercamos a un velero pequeño de
unas 10 cabinas, bastante decrepito y con mucha necesidad de reparación y
lamentamos nuestra mezquindad por no gastarnos los 240€ del cambio, miseria
porca miseria.
El capitán de nuestra chalupa, como si conociese nuestra desazón,
se encara al barco y cuando parece que va a atracar a su borda lo pasa de
largo, se oye, se siente vaciarse 30 pulmones y se arrancan las primeras voces
nerviosas. Ahora nos dirigimos a un velero de tres palos a trescientos metros a babor, como todos de
color marrón y con muchas plantas en la terraza superior, tiene tres cubiertas
y en la primera se ven unos amplios balcones. Nuestras maletas están siendo
descargadas en ese barco, por favor que no sea un error.
Embarcamos por un costado y nos conducen por una escalera de
madera de caoba, flipa colega, al restaurante, bar y salón allí nos esperan con
toallitas frescas y un vaso de zumo. El salón es tan grande como el barco, más
de 100m amueblado con sillas tapizadas y siete u ocho sofás, al fondo una
barra americana y por todo el salón
grandes ventanales. Después de tomar el refrigerio nos dan las llaves de nuestro
camarote y salimos pitando a ver nuestras habitaciones.
| Balcón |
| Camarote |
Pongo la foto de la habitación, hoy sigo dudando si mi
recuerdo esta tergiversado por la “desazón” porque a mí personalmente me pareció
impresionante. Una cama americana de dos por dos una servicio de cuatro por dos
y un balcón agradable con una mesita, dos sillas y dos plantas preciosas.
Revisamos todo, como la gobernanta de un cinco estrellas y no encontramos ni un
poco de polvo y ni rastro del animal exótico.
La comida muy bien presentada tenía hasta marisco. Terminado
el ágape y después de la sobremesa, disfrutamos de las explicaciones de la guía
que en ingles nos informaba de las actividades de la tarde y del día siguiente. Ella hablaba y
todos atendíamos a los dos o tres del grupo que chapurreaban y traducían con lo
que siempre teníamos tres o cuatro versiones del significado de lo que contaba,
menos mal que nadie podía perderse en un lugar tan cerrado.
| Puerto salida cueva |
Nos llenaron de chalecos rojos y nos metimos en la lancha,
nos dejaron en un puertecito construido de madera que soportaba una explanada
artificial que daba paso a una escalera ocupada por las gentes de otros barcos
que hacían la misma excursión.
| Vista desde la cueva |
Entramos en una cueva calcárea, amplísima muy
parecida a las de nuestro país, Vall de uxo, Drag, cueva del águila, con
subidas y bajadas con todo tipo de estalactitas y estalagmitas y con una
humedad salvaje, había tramos que circulabas al borde del acantilado y apetecía
saltar e ir a nado al barco.
| En la playa |
Terminada la visita nos llevaron a una playa privada, a
todas luces artificial que tiene un mirador en lo más alto, se ve en muchos
videos de Vietnam. Nosotros nos metimos directamente al agua y dejamos para
otros más intrépidos la escalada, hay más de 250 escalones para llegar a la
cima. El color del agua desde el barco es turquesa y desde la playa es marrón
claro por los nutrientes y arrastres que lleva, no está sucia pero los pies no
te los ves a poco que entres en ella.
| Playa y pagoda vista desde el barco |
La diversión duro poco, empezaba a
anochecer y en estas latitudes se hace noche cerrada en diez minutos, salimos
pitando para el barco, ducha, modelito para la cena y al salón, en cubierta no
se podía estar ya que había empezado a caer una fina lluvia, ¡¡¡qué bonito!!!
| Cubierta superior |
| Tirando las redes en la rada |
Se organizó una clase de cocina, donde hacían rollitos
vietnamitas. Rodolfo y yo pertrechados con cámaras y dos cervezas nos sentamos
alejados del círculo de “arguiñanos”.
Nuestro fallo fue acercarnos a la mesa
para pillar dos rollitos de los que estaban preparando, para acompañar a
nuestras cervezas. En un tras la guía inglesa pilla al roch con la mano en la
fuente y antes de que este proteste se le ve con un delantal de cocinero y amorrado
a la mesa haciendo masa como un indígena más. Nosotros tres, Rosa Amparo y yo,
personas sacrificadas donde las haya nos bebemos su cerveza y arriesgando
nuestra salud nos adjudicamos el decanato de jueces catadores y ayudados por más
cerveza acabamos probando todos los rollitos de todas las pruebas.
El barco fondeo en una rada preciosa, estábamos rodeados de
islas de la misma altura en sus picos, todas cubiertas de una vegetación espesa,
sin ningún tipo de albergue donde pudiera vivir nadie. Las únicas luces que se veían
eran las del propio navío. El mar estaba en una perfecta calma, por no distinguirse
no se apreciaba el flujo de las mareas. En esta paz idílica cenamos y como ya
era costumbre nos acostamos pronto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario