No ha dejado de llover en
toda la noche.
| Vista desde el hotel |
El hotel está situado en una pendiente y a pesar de tener la
habitación en el primer piso, parece que
estemos en el piso doce. Desde nuestro balcón hay un desnivel de más de treinta
metros, por bajo se ven las ultimas casas del pueblo y al fondo y a los lados
un gran valle, todas las casas del extrarradio tienen su huerta y en las
laderas, muchas nubes bajas.
Hoy nos han dado vidilla,
hemos quedado a las doce con el guía por lo que apuramos la cama al máximo y
entramos a desayunar a las nueve y media (cierran a las diez) El buffet tiene
de todo y mucha variedad de fruta;
Almorzamos como campeones, por si las moscas.
Salimos del hotel, que está
en una calle estrecha que termina en una avenida. En la acera opuesta nos
recibe un grupo de la étnia Tay de al menos veinte mujeres, que a puerta gayola
espera paciente-mente el goteo de turistas que del callejón salen. De forma
ordenada se integran con los turistas en igual número, un turista, una Tay, van
procurando empatizar con el grupo he intentando comunicarse, con bastantes
palabras en castellano para vender un surtido variado de pulseras y bolsos de
tela.
La comitiva, compuesta ya
por diez personas, nosotros cuatro y seis Tays, nos metemos en el mercado de la
ciudad en un intento vano de perderlas.
Entramos en otro mundo, aquí se ha
parado el tiempo, los puestos de pescado se entremezclan con los de verdura y
estos con las carnes y todo rodeado por tenderetes de baratijas.
En todos los lados nos dan a
probar productos, las Tay pegadas a nosotros como si estuvieran en un autobús.
| ¡¡Pollos azules!! |
A mis pies una cría pelando un pollo, en la mesa de su puesto hay tres pollos
azules, yo sabía de perros verdes, pero de pollos azules……
y a dos metros unos
barreños repletos de peces vivos de todas las razas y tamaños, enfrente una
amalgama de colores de hierbas, hortalizas, frutos y flores, impresionante.
Salimos al final por las carnes, hay una mesa grande, con al menos dos cerdos
despiezados en trozos de dos kilos y todo al aire libre sin ningún tipo de
refrigeración.
A estas alturas las siete
Tays, hemos adoptado una más, ya se
dedican en exclusividad a Amparo y Rosa ya han entendido quien manda en el
“MONEYS”, sobre todo porque nosotros les señalamos a nuestras “WIFES”. Ya,
ya, seguramente la argucia sea rastrera,
pero es altamente efectiva y ellas por alguna extraña razón se entienden con
estas mujeres a la perfección.
Llegamos al hotel despues de
hacer una parada en una tienda de deportes cercana, donde nos pertrechamos de
mochilas, chubasqueros, sudaderas y otros artículos de tracking tal cual parecía
que fuésemos a atravesar toda Asia andando, Dios me libre.
Yo perdí media hora con un
gallo de pelea que había a la entrada del hotel y que grave treinta veces hasta
que conseguí mi tono gallero despertador del que ahora disfruto, inexplicable…
cosas de la edad.
A las doce en punto, recién
terminados de desayunar y gracias a un
cambio de planes unilateral, es decir, decidido por el guía entramos en un
restaurante que había en la esquina del hotel donde nos tenían preparada la
comida.
Creo que se lo hoy a Cela en
una tertulia, él decía que a un banquete hay que ir comido, si la comida es
buena comes de nuevo y si no la repartes por el plato.
Quizás fue suerte, precaución
o premonición (esa noche nos tocaba tren = fideos) el caso es que nos comimos
los tres platos, el postre y no rebañamos por falta de pan, que en esas
latitudes no son de mucho pan, la comida
estaba de rechupete.
El autobús nos dejó a unos kilómetros del pueblo en una carretera estrecha donde nos esperaban unas mujeres de la Etnia Black Hmong todas con su traje característico y con un paraguas tipo sombrilla con el que nos iban cobijando. Nosotros envueltos en una amalgama de plásticos multicolores de nuestros impermeables desechables.
| Mujer Black Hmong |
No puedo ni quiero, por no hacerme pesado, describir la belleza del paisaje, ver las fotos, Solo asegurar que solo por ese momento, por esas vistas ya merece el esfuerzo de viajar a este país.
| Que porte |
| Cuidado con los patos |
| Jugando en el barro |
| La escuela |
| Un aula |
Dos horas y media de paseo,
dos horas y media de paraguas, dos horas de no saber dónde mirar porque todo es
precioso.
| Mujeres Dao |
Al final del recorrido nos
esperaba el autobús nos despedimos de nuestras anfitrionas y nos fuimos a la
aldea Ta Phin de la Etnia Dao (rojo) donde miméticamente se repitió el ritual
de las mujeres que nos esperaban a la entrada del poblado. Nos enseñaron una
gran cueva donde decían que habían vivido en alguna ocasión.
Esta aldea estaba más
occidentalizada ya que contaban con un centro de salud recientemente inaugurado.
A las seis y media de la
tarde ya estábamos en Lao Cai en el bar (el restaurante de ayer, el del desayuno)
para recoger las maletas, comprar un bocadillo y salir pitando al tren que salía a las siete de la tarde.
Esta vez nos tocó en un
extremo del furgón, pegados al lavabo, el wáter estaba en la otra punta o como
aprendimos al pasar al otro vagón.

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