sábado, 20 de septiembre de 2014

Miércoles 13 de Agosto de 2014

No ha dejado de llover en toda la noche. 
Vista desde el hotel
El hotel está situado en una pendiente y a pesar de tener la habitación  en el primer piso, parece que estemos en el piso doce. Desde nuestro balcón hay un desnivel de más de treinta metros, por bajo se ven las ultimas casas del pueblo y al fondo y a los lados un gran valle, todas las casas del extrarradio tienen su huerta y en las laderas, muchas nubes bajas.

Hoy nos han dado vidilla, hemos quedado a las doce con el guía por lo que apuramos la cama al máximo y entramos a desayunar a las nueve y media (cierran a las diez) El buffet tiene de todo y mucha variedad de fruta;  Almorzamos como campeones, por si las moscas.

Salimos del hotel, que está en una calle estrecha que termina en una avenida. En la acera opuesta nos recibe un grupo de la étnia Tay de al menos veinte mujeres, que a puerta gayola espera paciente-mente el goteo de turistas que del callejón salen. De forma ordenada se integran con los turistas en igual número, un turista, una Tay, van procurando empatizar con el grupo he intentando comunicarse, con bastantes palabras en castellano para vender un surtido variado de pulseras y bolsos de tela.

La comitiva, compuesta ya por diez personas, nosotros cuatro y seis Tays,  nos metemos en el mercado de la ciudad en un intento vano de perderlas. 


Entramos en otro mundo, aquí se ha parado el tiempo, los puestos de pescado se entremezclan con los de verdura y estos con las carnes y todo rodeado por tenderetes de baratijas.

Dentro del Mercado



En todos los lados nos dan a probar productos, las Tay pegadas a nosotros como si estuvieran en un autobús.





¡¡Pollos azules!!


A mis pies una cría pelando un pollo, en la mesa de su puesto hay tres pollos azules, yo sabía de perros verdes, pero de pollos azules……
y a dos metros unos barreños repletos de peces vivos de todas las razas y tamaños, enfrente una amalgama de colores de hierbas, hortalizas, frutos y flores, impresionante. Salimos al final por las carnes, hay una mesa grande, con al menos dos cerdos despiezados en trozos de dos kilos y todo al aire libre sin ningún tipo de refrigeración.







A estas alturas las siete Tays, hemos adoptado una más,  ya se dedican en exclusividad a Amparo y Rosa ya han entendido quien manda en el “MONEYS”, sobre todo porque nosotros les señalamos a nuestras “WIFES”. Ya, ya,  seguramente la argucia sea rastrera, pero es altamente efectiva y ellas por alguna extraña razón se entienden con estas mujeres a la perfección.

Llegamos al hotel despues de hacer una parada en una tienda de deportes cercana, donde nos pertrechamos de mochilas, chubasqueros, sudaderas y otros artículos de tracking tal cual parecía que fuésemos a atravesar toda Asia andando, Dios me libre.

Yo perdí media hora con un gallo de pelea que había a la entrada del hotel y que grave treinta veces hasta que conseguí mi tono gallero despertador del que ahora disfruto, inexplicable… cosas de la edad.

A las doce en punto, recién terminados de desayunar  y gracias a un cambio de planes unilateral, es decir, decidido por el guía entramos en un restaurante que había en la esquina del hotel donde nos tenían preparada la comida.

Creo que se lo hoy a Cela en una tertulia, él decía que a un banquete hay que ir comido, si la comida es buena comes de nuevo y si no la repartes por el plato.

Quizás fue suerte, precaución o premonición (esa noche nos tocaba tren = fideos) el caso es que nos comimos los tres platos, el postre y no rebañamos por falta de pan, que en esas latitudes no son de mucho pan,  la comida estaba de rechupete.

El autobús nos dejó a unos kilómetros del pueblo en una carretera estrecha donde nos esperaban unas mujeres de la Etnia Black Hmong todas con su traje característico y con un paraguas tipo sombrilla con el que nos iban cobijando. Nosotros envueltos en una amalgama de plásticos multicolores de nuestros impermeables desechables.
Mujer Black Hmong

No puedo ni quiero, por no hacerme pesado, describir la belleza del paisaje, ver las fotos, Solo asegurar que solo por ese momento, por esas vistas ya merece el esfuerzo de viajar a este país.





Que porte 







Cuidado con los patos


Jugando en el barro

La escuela
Tres cuarto de hora nos costó llegar a la escuela del pueblo. Está construida en un cuadrado tal cual una corrala, tiene en dos laterales opuestos dos edificios que ocupan todo un lado del cuadrado con tres aulas. Todas las aulas estaban repletas de críos alborotados por nuestra visita, con material escolar en los pupitres y vestidos con normalidad, no había ningún tipo de lujo y solo había críos hasta los once años, el resto imaginábamos que estarían ayudando a sus padres.
Un aula


Dos horas y media de paseo, dos horas y media de paraguas, dos horas de no saber dónde mirar porque todo es precioso.

Mujeres Dao
Al final del recorrido nos esperaba el autobús nos despedimos de nuestras anfitrionas y nos fuimos a la aldea Ta Phin de la Etnia Dao (rojo) donde miméticamente se repitió el ritual de las mujeres que nos esperaban a la entrada del poblado. Nos enseñaron una gran cueva donde decían que habían vivido en alguna ocasión.
Esta aldea estaba más occidentalizada ya que contaban con un centro de salud recientemente inaugurado.

A las seis y media de la tarde ya estábamos en Lao Cai en el bar (el restaurante de ayer, el del desayuno) para recoger las maletas, comprar un bocadillo y salir pitando al tren que salía  a las siete de la tarde.

Esta vez nos tocó en un extremo del furgón, pegados al lavabo, el wáter estaba en la otra punta o como aprendimos al pasar al otro vagón.

 El colchón era más duro que la pata de perico y la pata de perico era de palo. Los conductos del aire eran rejillas que no podíamos orientar, escarmentados del viaje de ida y viendo que moriríamos congelados nos quejamos al revisor. Rodolfo, salió tras él y vio donde estaban los mandos del aire con lo cual se hizo el amo y señor de la temperatura. Frio esa noche no pasamos


Pero, lo de esta noche es cosa del siguiente capítulo.

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