jueves, 18 de septiembre de 2014

Que corta fue la noche a pesar de ser tan larga, dormimos apenas cinco horas. Quizás ¿Por la emoción del viaje? quizás  ¿por ser nuestra primera noche en coche litera?  No fue por el calor, el habitáculo estaba a 23 grados, todos nos tapamos hasta con el cubre del colchón, hay que ver lo variable de nuestras convicciones, a las nueve de la noche recién subidos al tren y sudados, como solo puede sudar un ser humano en Vietnam, todos nos conjuramentamos en no tocar el colchón ni con un palo, a pesar de parecer limpio, pero con la seguridad de su sobado historial. A las tres de la mañana, todos,  incluidas las mujeres, helados de frio pasábamos de zarandajas y estábamos tapados hasta los ojos con el cubre tocando el redimido colchón.

La experiencia en general resultó grata y en cuanto al día le dio por despuntar,  empezó el ajetreo por el ir y venir de la gente al servicio, que por fortuna, alguien se había ocupado de adecentar.

La tenue luz del amanecer iba pintando en un fondo oscuro la silueta del  rio Sông Hồng (rio rojo), que nace a  600km al suroeste de China y que recorre 519km por Vietnam regando Tan Coc casi al final de su recorrido, este grandioso cauce nos acompañó hasta Lao Cai, el verde exultante de la frondosa vegetación se alternaba con
verdes más intensos de campos de arroz y  maizales. A los lados del valle por el que serpenteaba el rio y nuestras vías,  casi naciendo del mismo,  se arremolinaba una tenue niebla que defendía tanta frondosidad.  Una fina lluvia, que parecía caer horizon-talmente, por su mansedumbre y la velocidad del tren terminaba de anunciar lo que sería esta excursión, una verdadera postal.

Por fin llegamos, son las siete de la mañana, nuestro pelotón, tal cual lo denomina la segunda acepción de la rae, sin orden y en tropel, arrastrando petates los unos y maletones los otros, todos al trote para no perder al guía que tiraba para delante dejando a nuestros avisos el que nadie se perdiera atravesamos la estación y dos calles abarrotadas de gente, desayunamos en un bar, no merecía más título a pesar de rezar en un cartel la palabra restaurante.

Los conductores de las Vanete y Rodolfo
En el tren de las nueve llegó el resto del grupo, las últimas cinco personas. Hubo un poco de malestar por hacernos esperar en medio de una ciudad anodina casi tres horas pero todo se disipo cuando arrancó el autobús.

Las maletas, que se habían cargado en una vanete diferente a la nuestra, de forma misteriosa, habían tres hoteles diferentes y a pesar de que casi todas las maletas estaban sin identificar, nos esperaban al final del día en la recepción de cada uno de nuestros hoteles, ni imaginarme quiero al camarada de turno investigando en mis maletas y comparando mis gayumbas con mi foto para ver si esta me correspondía.
Edad incierta

Marketing vietnamita




Orgullo y pose

En hora y media de caminos entre montañas, cayendo una  fina lluvia, que no nos abandonaría en todo el día, llegamos  a Coc Ly, el mercado de la etnia Hmong que solo se celebra los martes. El suelo, de tierra, estaba totalmente embarrado por lo que a los diez minutos ya no te importaba un comíno donde pisaras y solo pensabas la panchá a limpiar que se iba a pegar el chofer del minibús cuando subiésemos. 

De este mercado me impresionaron los búfalos de agua, una docena que tenían para vender, tienen una gran semejanza con los hipopótamos.




A una media hora del mercado subimos en una lancha y navegamos hora y media por el rio chay, es un rio bravo de color chocolate claro, por los arrastres de tierra que recibe, con un ancho entre orillas de 100 metros discurre entre montañas cubiertas de grandes árboles y ese verde que todo gobierna.



La comida, muy buena, nos la sirvieron en un merendero; en mitad de la nada y como norma del país, con cobertura wifi.





Arco frontera

Al fondo China
Terminada la comida, nos hicimos hora y media de carretera para llegar donde nos dejó el tren para subir a SA PA donde teníamos el hotel, como detalle del guía paramos un rato en la frontera china, cerrada para  nosotros por no llevar visado.




Tres horas de valles repletos de terrazas y laderas, todas sin despreciar un rincón, plantadas de arroz. Ya agotada la primera batería de la cámara y con las tarjetas sd repletas de fotos llegamos a Sapa, el pueblo está a 1600m sobre el nivel del mar, estábamos a 24grados REALES  con una temperatura agradable pero sin sudar, bendito clima del norte.

Desde el autobús, se veía,  a la entrada del pueblo,  que en los primeros restaurantes estaban cocinando tres espetones con tres cochinillos ensartados y dando vueltas. Al llegar al hotel y con el recelo de probarlos, nos pegamos una ducha rápida y a la caza del marranillo.

Mas marketing? 
Las ocho y media de la tarde y del bicho, marranillo, solo quedaba un triste trozo de la cabeza. Cambiamos de calle y tiramos por una más estrecha y un poco menos iluminada, Rosa y Amparo iban a unos doscientos metros delante de nosotros y Rodolfo y yo quejándonos de nuestra mala suerte por no haber llegado a tiempo de hincarle el diente a esa sabrosura, que ya estábamos hasta el recuerdo de desayunar comer y cenar con arroz. Por la Izquierda se acerca un chaval delgado, un poco más alto que yo  y casi en un susurro me dice VIETNAM BOM BOM yo muy lince le señalo a las mujeres y el pajo hace un mohín y dando un gritito dice SORRY SORRY, de todos los colores del arco iris me puse cuando comprendí que el bom bom era para mí pero con él, me estoy consolando con la falta de luz, con las costumbres del país… me cago en la madre que lo pario bujarron


 Finalmente acabamos cenando cerca del hotel, fue entrar al local y se abrieron todos los grifos del cielo, empezó a caer un agua torrencial. A los postres la dueña, una chica joven, nos trajo en una botella de agua,  un vino casero de arroz que decía lo había hecho ella, malo no, malísimo,  acabamos mezclándolo con el café, la chica se quedó asombrada y cuando le explicamos que esto era típico de España, se empeñó en probarlo. Gustarle le debió de gustar porque si nos descuidamos se papa todo el vaso y nos quedamos sin café. Dos horas después seguía lloviendo con la misma intensidad y aprovechando un paroncillo salimos todo el restaurante corriendo como perseguidos por el diablo hasta el hotel.

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