Veintidós horas de
aeropuertos, trenes, vuelos y por fin aterrizamos en Hanói. Saliendo del avión
cruzo miradas de odio desmedido con el padre vietnamita del “nene” que a cuatro
filas por delante nos ha deleitado con berridos dignos de un despellejado y que
ha impedido dar ni una triste cabezada. El único consuelo de la noche es haber
atacado con saña la zona de avituallamiento de los tripulantes donde a copitas
nos pelamos una botella de vino de borgoña y tres copas de wiski.
Después de pasar por caja, tramites de inmigración, que al
final se resumen en pague y tire palante, recogemos las maletas que
misteriosamente han llegado sin retraso y sin incidencias a esa cinta a 10500km
de donde las dejamos.
Nos recoge una vanet con un conductor poliglota, habla
perfecto Vietnamita y sabe decir yes y not en inglés, y sonríe por cualquier tontuna que le decimos y
nosotros narcotizados de tanto trasiego y poco dormir nos reímos con él. Ni
sabe ni entiende si “el” es el asistente hispano parlante que nos aseguró la
agencia de viajes a la llegada a Hanói, pero eso sí, que gracioso es.
Una autopista de dos carriles, quizás la única en que los
vietnamitas respetan el sentido de la marcha, nos sumerge en la urbe camino del
barrio viejo. Según vas adentrándote en las calles, con un ansia de turista japonés,
tiras mano de móvil y cámara y dándole gusto al disparador, vas gritando a coro
con el resto “mira esa moto van tres”, “cuidado con ese loco viene en contra
dirección”, “este va tapado de invierno
con capucha y guantes” …. Ochenta fotos después y calmadas por saturación la adición
nipona despertamos al coro celestial que nos acompañara noche y día por todo el
país .Es norma y costumbre con razón y sin venir a cuenta el tocar dos veces
seguidas el pito del artilugio que manejes dos veces cada diez segundos y de no
tener artilugio debes hacer el ruido con la boca. LO JURO.
Del Hotel, un edificio de siete plantas, acostado e
incrustado en otro edificio, salen tres maleteros que jugándose el pellejo
sortean siete mil motos y dos coches y consiguen volver al edificio enteros y
con todas las maletas. Me entran ganaS de tirarme al suelo y besarlo… No
contaba con la astucia y pericia que tienen estos fieras para lidiar, no se
puede calificar de otra manera con el tráfico de la ciudad.
En procesión mariana subimos al tercer piso y entramos en la
habitación. Se nos caen los palos del sombrajo, pedazo de habitación, la cama es
tremendamente grande y me hace guiños invitándome a tirarme en ella, (nene malo
no deja pegar ojo en avión) equipada con una Tv de 50”, el cuarto de baño, no
se ve hay un chino delante de mí con la mano abierta, hostia, el de las maletas
le suelto un dólar y falta un pelo para que el chino me limpie los zapatos con
la inclinación que hace, o no tiene cintura o está roto, eso una persona normal
no lo puede hacer.
Creídos de que se han equivocado al darnos esta habitación
nos ponemos como posesos a deshacer maletas y llenar armarios, nuestras mentes
cansadas no prevén un cambio de habitación SIN LUCHA….
Duchados y cambiados de ropa, comprobamos con asombro que la
habitación de Amparo y Rodolfo, son quizás más grande que la nuestra, tiene un
precioso balcón a la calle y por ella entra a raudales la vida de la ciudad.
Bien empezamos el viaje.
Hanói no es ciudad para viejos, ni para discapacitados de ningún
tipo. La calle del hotel tiene unos diez metros, seis de asfalto y cuatro de
aceras. Las aceras no son uniformes, cada bloque marca el tipo de ladrillo, adoquín
o cemento de la acera así como la altura de la misma, no existe una continuidad
y vas subiendo o bajando según los caprichos del que construyo el edificio. La
ocupación de la acera es singular si dispones de comercio y el comercio no
necesita ese espacio, pongamos por caso una joyería, pues alquilas tu frontal a
tantas motos como quepan eso sí, sin ponerlas una encima de otra….. Entre los montones
de moto queda un exiguo pasillo para llegar al local.
Entre montón y montón de motos, surge un trocito para que un
fulano venda algo, pele algo, tome algo y un sin fin de pequeños ¿bares? Con
sillas enanas 30cm de altas y mesas de la misma altura que están todo el día y
toda la noche llena de gente que toma un tazón de algo hirviendo y sale
trotando a otro menester.
Esto hace que la gente ande por el asfalto, mezclados con
motos, algún coche, alguna bicicleta muchos tuc tuc (carrito con bicicleta para
dos personas a modo de taxi) que te van llamando para que los utilices y todos
y sin razón aparente tocan una loca sinfonía de pitos y claxon que poco a poco
te van acelerando.
Después de recorrer dos bancos, un hotel y tres joyerías
conseguimos en la ultima un cambio aceptable de 28.250 dong por euro, no veas
que cara de buitre puso la del cambio cuando vio los billetes verdes de 100€ es
invariable el gusto al dinero que tenemos todas las culturas.
Siete calles después nos vemos en la necesidad de pasar a
otra mayor, tenemos delante un paso de cebra y quince metros al otro lado,
nadie para, nadie mira, todos tocan el
pito. Tragamos saliva y a poquitos, con pasos vacilantes mirando a los
conductores a los ojos nos vamos metiendo entre las maquinas, por la derecha
nos adelanta un lugareño que ungido por alguno de sus dioses budistas atraviesa
con paso seguro la maraña de vehículos y nos deja con un palmo de narices
rezando a todos nuestros santos. Habrá que reconsiderar nuestra estrategia ya
que parece poco efectiva si contamos que llevamos más de dos minutos en medio
del lio, que ni vamos que ni venimos.
La comida, por referencia en la guía de TRIPADVISOR buscamos
el restaurante Bun Bo Ban Bo número
siete en ese mes (ahora está en el puesto 11)
Nos pasamos tres veces la puerta, principalmente porque no
existe. El local es un bajo tipo tubo
donde entras, te sientas en las micro sillas, te enchufan un ventilador, te
pasan un trapo por la mesa, cansado de
limpiar, sin ver un triste grifo y te meten un barreño debajo que hace las
funciones de papelera. La camarera poliglota, como no, nos pregunta algo en una
jerga rarísima, visto el poco éxito de su perorata pasa a su otro idioma el
sordomudo, nos enseña una carta con fotos de bebidas, nosotros exclamamos de alegría
al entenderla y gritamos como posesos BIRRA, mueca rara de la camarera, dedos
apuntando a una cerveza HANOI.
¿Los brazos se pegan al metal, por la humedad? ¿O por la
grasilla?, mejor no pensarlo y rezar para que las vacunas que llevamos puestas
surtan efecto. Rosa abre el bolso nerviosa e indecisa coge fuerte la caja del
fortasec como si de un amuleto se tratase y lo pasa por encima de toda la mesa.
Este simple gesto hace que todos nos relajemos y pensemos que quizás exista el
mañana. Llego la comida y sigo sin saber a ciencia cierta que contenía, es una
especie de sopa con muchos vegetales con carnes diversas y algunas especies, no
pica nada y esta riquísima, nos tómamos ocho cervezas semi frías (aquí parecen
alemanes nunca está bastante fría la cerveza) cuatro piscinas de café (no existe
el expreso, con azúcar, la sacarina es de enfermos, y la cerveza sin alcohol es
de flojitos, todos nuestros intentos por Hacernos con cualquiera de estos dos artículos
acabaron en sonrisas y relléneme este formulario que para navidad ya veré si le
contesto.
La dolorosa, pasamos por caja, directamente una caja de
zapatos que gobernaba el mismo que removía los caldos de las perolas, nos dice
algo en vietnamita, que nosotros le contestamos en español y amparo en tercer
grado de Ingles y que el tío termina por
resolver tirando mano de una calculadora, se nos cae el alma a los pies 339.000
Dong Yo me veía fregando platos, sin saber ni donde ni con qué. Rosa ya con el
traje a rayas en una sórdida prisión. Buscando
el número de la embajada y la mente insólitamente lucida de Rodolfo que dice,
son 12€ Yupiiii sacamos la cartera que tiene Dong para comprar media manzana y
vamos sacando billetes para pagar al perolero. Saco este billete cojo estos
dos, que no que es muy grande, que con eso no llegas y que al final queremos
pagarlo con 30.000 dong.
El perolero que ya se había visto en estas cuitas nos dice que no con el dedo y como si de un
truco de magia se tratase, con mucha lentitud y con ocho ojos clavados en sus
manos va moviendo los billetes de nuestra billetera hasta completar los
330.000, nos mira como a personas retrasadas, nos los enseña los hace
desaparecer en la caja de zapatos y amablemente, es decir, estirando el brazo
nos enseña la puerta.
El sitio es muy recomendable, pero para cuando lleves tres días
en la ciudad, hacerlo como lo hicimos nosotros, sin bautismo de fuego te puede
crear un trauma.
El resto de la tarde lo pasamos de tienda en tienda,
esquivando vendedores.
Merece un aparte lo acontecido en este primer día con la
vestimenta de Rodolfo, exactamente con los zapatos que se puso para el viaje y
que no se cambió por comodidad. Eran unos mocasines marrones de cuero con lo
suciedad propia de un viaje en avión, escasa o inexistente.
Este tipo de calzado produce en Vietnam una atracción
visceral de los limpiabotas con el sujeto, algo tan fuerte como la sangre para
los tiburones que son capaces de olerla a cientos de metros, sin menospreciar a
estos bichos, los limpia de Hanói te detectan a kilómetros y como hienas siguen
tu rastro donde vallas o te metas. Fue poner un pie en la calle y de forma
silenciosa sin aspavientos el primero de la mañana, intentó enganchar la pata
despistada y zis zas a darle al cepillo. Rodolfo, presa difícil donde los allá,
en el último momento y con el entrenamiento que da el ver todos los domingos
jugar al Madrid, le hace un regate al sujeto y se libra del frote, en esta primera acometida. Tres minutos de
amables negativas y un continuo desplazamiento al centro hace que el hombre
finalmente desista. Olvidado el incidente, torcemos a la derecha para intentar
llegar al lago, paramos para ver nuestra posición en el mapa y Rodolfo moviendo
la patita, pesao del crio joder, ojo que no es el otro que este es nuevo con unas
artes similares y al que solo le dedicamos dos minutos para quitar nos lo de
encima. Nos sigue por la acera contraria haciéndonos gestos hacia el zapato y
sonriendo a morro chato, nosotros que no con el dedo y el que nos señala
delante, PELIGRO dos más en la calle por la que vamos, hipnotizados por los
zapatos del rubio, ya se mueven hacia nosotros; decidimos meternos en una
tienda de bolsos. Esto ya es problemático, tenemos tres limpias en la calle una
vendedora metiéndonos bolsos y mochilas a dos manos y un calor de canalillo de
esa que te chorrea camino de la pierna.
Llegando al medio día Rodolfo se planteaba con argumentos
desesperados, el tirar los zapatos e ir descalzo, lo disuadía el extremo calor
que tenía el asfalto, pero solo era la una de la tarde. Deje de contar a partir
del 12 y no deje de reírme en ningún momento y menos cuando veía los apuros del
chulito del Madrid.
Vencidos por el cansancio, llevábamos 48horas sin
dormir, me acuerdo perfectamente del nene y su santo padre, cenamos en el hotel
un poco de fruta que compramos a una vendedora,
usando nuestra particular jerga
Sordomudo/inglesa rara pero alta mente comprensible por los nativos, que en
medio de la acera han puesto sus mercancías, los lichis, el rambután y las
chirimoyas junto con las sandias es lo más fácil de encontrar.
Mañana mas Zzzzz




;-)
ResponderEliminarQue guay, lo que hubiese pagado por ver la etapa del limpia detrás de Rodolfo:limpia,limpia,limpia y el Rodol diciendole en español cañi hijo de las cuatro letras.jijiji
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