sábado, 6 de septiembre de 2014

Veintidós horas de aeropuertos, trenes, vuelos y por fin aterrizamos en Hanói. Saliendo del avión cruzo miradas de odio desmedido con el padre vietnamita del “nene” que a cuatro filas por delante nos ha deleitado con berridos dignos de un despellejado y que ha impedido dar ni una triste cabezada. El único consuelo de la noche es haber atacado con saña la zona de avituallamiento de los tripulantes donde a copitas nos pelamos una botella de vino de borgoña y tres copas de wiski.
Después de pasar por caja, tramites de inmigración, que al final se resumen en pague y tire palante, recogemos las maletas que misteriosamente han llegado sin retraso y sin incidencias a esa cinta a 10500km de donde las dejamos.
Nos recoge una vanet con un conductor poliglota, habla perfecto Vietnamita y sabe decir yes y not en inglés, y  sonríe por cualquier tontuna que le decimos y nosotros narcotizados de tanto trasiego y poco dormir nos reímos con él. Ni sabe ni entiende si “el” es el asistente hispano parlante que nos aseguró la agencia de viajes a la llegada a Hanói, pero eso sí, que gracioso es.
Una autopista de dos carriles, quizás la única en que los vietnamitas respetan el sentido de la marcha, nos sumerge en la urbe camino del barrio viejo. Según vas adentrándote en las calles, con un ansia de turista japonés, tiras mano de móvil y cámara y dándole gusto al disparador, vas gritando a coro con el resto “mira esa moto van tres”, “cuidado con ese loco viene en contra dirección”,  “este va tapado de invierno con capucha y guantes” …. Ochenta fotos después y calmadas por saturación la adición nipona despertamos al coro celestial que nos acompañara noche y día por todo el país .Es norma y costumbre con razón y sin venir a cuenta el tocar dos veces seguidas el pito del artilugio que manejes dos veces cada diez segundos y de no tener artilugio debes hacer el ruido con la boca. LO JURO.
Del Hotel, un edificio de siete plantas, acostado e incrustado en otro edificio, salen tres maleteros que jugándose el pellejo sortean siete mil motos y dos coches y consiguen volver al edificio enteros y con todas las maletas. Me entran ganaS de tirarme al suelo y besarlo… No contaba con la astucia y pericia que tienen estos fieras para lidiar, no se puede calificar de otra manera con el tráfico de la ciudad.
En procesión mariana subimos al tercer piso y entramos en la habitación. Se nos caen los palos del sombrajo, pedazo de habitación, la cama es tremendamente grande y me hace guiños invitándome a tirarme en ella, (nene malo no deja pegar ojo en avión) equipada con una Tv de 50”, el cuarto de baño, no se ve hay un chino delante de mí con la mano abierta, hostia, el de las maletas le suelto un dólar y falta un pelo para que el chino me limpie los zapatos con la inclinación que hace, o no tiene cintura o está roto, eso una persona normal no lo puede hacer.

Creídos de que se han equivocado al darnos esta habitación nos ponemos como posesos a deshacer maletas y llenar armarios, nuestras mentes cansadas no prevén un cambio de habitación SIN LUCHA….
Duchados y cambiados de ropa, comprobamos con asombro que la habitación de Amparo y Rodolfo, son quizás más grande que la nuestra, tiene un precioso balcón a la calle y por ella entra a raudales la vida de la ciudad. Bien empezamos el viaje.
Hanói no es ciudad para viejos, ni para discapacitados de ningún tipo. La calle del hotel tiene unos diez metros, seis de asfalto y cuatro de aceras. Las aceras no son uniformes, cada bloque marca el tipo de ladrillo, adoquín o cemento de la acera así como la altura de la misma, no existe una continuidad y vas subiendo o bajando según los caprichos del que construyo el edificio. La ocupación de la acera es singular si dispones de comercio y el comercio no necesita ese espacio, pongamos por caso una joyería, pues alquilas tu frontal a tantas motos como quepan eso sí, sin ponerlas una encima de otra….. Entre los montones de moto queda un exiguo pasillo para llegar al local.
Entre montón y montón de motos, surge un trocito para que un fulano venda algo, pele algo, tome algo y un sin fin de pequeños ¿bares? Con sillas enanas 30cm de altas y mesas de la misma altura que están todo el día y toda la noche llena de gente que toma un tazón de algo hirviendo y sale trotando a otro menester.
Esto hace que la gente ande por el asfalto, mezclados con motos, algún coche, alguna bicicleta muchos tuc tuc (carrito con bicicleta para dos personas a modo de taxi) que te van llamando para que los utilices y todos y sin razón aparente tocan una loca sinfonía de pitos y claxon que poco a poco te van acelerando.

Después de recorrer dos bancos, un hotel y tres joyerías conseguimos en la ultima un cambio aceptable de 28.250 dong por euro, no veas que cara de buitre puso la del cambio cuando vio los billetes verdes de 100€ es invariable el gusto al dinero que tenemos todas las culturas.
Siete calles después nos vemos en la necesidad de pasar a otra mayor, tenemos delante un paso de cebra y quince metros al otro lado, nadie para, nadie mira,  todos tocan el pito. Tragamos saliva y a poquitos, con pasos vacilantes mirando a los conductores a los ojos nos vamos metiendo entre las maquinas, por la derecha nos adelanta un lugareño que ungido por alguno de sus dioses budistas atraviesa con paso seguro la maraña de vehículos y nos deja con un palmo de narices rezando a todos nuestros santos. Habrá que reconsiderar nuestra estrategia ya que parece poco efectiva si contamos que llevamos más de dos minutos en medio del lio, que ni vamos que ni venimos.
La comida, por referencia en la guía de TRIPADVISOR buscamos el restaurante  Bun Bo Ban Bo número siete en ese mes (ahora está en el puesto 11)


Nos pasamos tres veces la puerta, principalmente porque no existe.  El local es un bajo tipo tubo donde entras, te sientas en las micro sillas, te enchufan un ventilador, te pasan un trapo por la mesa,  cansado de limpiar, sin ver un triste grifo y te meten un barreño debajo que hace las funciones de papelera. La camarera poliglota, como no, nos pregunta algo en una jerga rarísima, visto el poco éxito de su perorata pasa a su otro idioma el sordomudo, nos enseña una carta con fotos de bebidas, nosotros exclamamos de alegría al entenderla y gritamos como posesos BIRRA, mueca rara de la camarera, dedos apuntando a una cerveza HANOI.
¿Los brazos se pegan al metal, por la humedad? ¿O por la grasilla?, mejor no pensarlo y rezar para que las vacunas que llevamos puestas surtan efecto. Rosa abre el bolso nerviosa e indecisa coge fuerte la caja del fortasec como si de un amuleto se tratase y lo pasa por encima de toda la mesa. Este simple gesto hace que todos nos relajemos y pensemos que quizás exista el mañana. Llego la comida y sigo sin saber a ciencia cierta que contenía, es una especie de sopa con muchos vegetales con carnes diversas y algunas especies, no pica nada y esta riquísima, nos tómamos ocho cervezas semi frías (aquí parecen alemanes nunca está bastante fría la cerveza) cuatro piscinas de café (no existe el expreso, con azúcar, la sacarina es de enfermos, y la cerveza sin alcohol es de flojitos, todos nuestros intentos por Hacernos con cualquiera de estos dos artículos acabaron en sonrisas y relléneme este formulario que para navidad ya veré si le contesto.
La dolorosa, pasamos por caja, directamente una caja de zapatos que gobernaba el mismo que removía los caldos de las perolas, nos dice algo en vietnamita, que nosotros le contestamos en español y amparo en tercer grado de Ingles  y que el tío termina por resolver tirando mano de una calculadora, se nos cae el alma a los pies 339.000 Dong Yo me veía fregando platos, sin saber ni donde ni con qué. Rosa ya con el traje a rayas en una sórdida prisión.  Buscando el número de la embajada y la mente insólitamente lucida de Rodolfo que dice, son 12€ Yupiiii sacamos la cartera que tiene Dong para comprar media manzana y vamos sacando billetes para pagar al perolero. Saco este billete cojo estos dos, que no que es muy grande, que con eso no llegas y que al final queremos pagarlo con 30.000 dong.
El perolero que ya se había visto en estas cuitas  nos dice que no con el dedo y como si de un truco de magia se tratase, con mucha lentitud y con ocho ojos clavados en sus manos va moviendo los billetes de nuestra billetera hasta completar los 330.000, nos mira como a personas retrasadas, nos los enseña los hace desaparecer en la caja de zapatos y amablemente, es decir, estirando el brazo nos enseña la puerta.
El sitio es muy recomendable, pero para cuando lleves tres días en la ciudad, hacerlo como lo hicimos nosotros, sin bautismo de fuego te puede crear un trauma.
El resto de la tarde lo pasamos de tienda en tienda, esquivando vendedores.
Merece un aparte lo acontecido en este primer día con la vestimenta de Rodolfo, exactamente con los zapatos que se puso para el viaje y que no se cambió por comodidad. Eran unos mocasines marrones de cuero con lo suciedad propia de un viaje en avión, escasa o inexistente.
Este tipo de calzado produce en Vietnam una atracción visceral de los limpiabotas con el sujeto, algo tan fuerte como la sangre para los tiburones que son capaces de olerla a cientos de metros, sin menospreciar a estos bichos, los limpia de Hanói te detectan a kilómetros y como hienas siguen tu rastro donde vallas o te metas. Fue poner un pie en la calle y de forma silenciosa sin aspavientos el primero de la mañana, intentó enganchar la pata despistada y zis zas a darle al cepillo. Rodolfo, presa difícil donde los allá, en el último momento y con el entrenamiento que da el ver todos los domingos jugar al Madrid, le hace un regate al sujeto y se libra del frote,  en esta primera acometida. Tres minutos de amables negativas y un continuo desplazamiento al centro hace que el hombre finalmente desista. Olvidado el incidente, torcemos a la derecha para intentar llegar al lago, paramos para ver nuestra posición en el mapa y Rodolfo moviendo la patita, pesao del crio joder, ojo que no es el otro que este es nuevo con unas artes similares y al que solo le dedicamos dos minutos para quitar nos lo de encima. Nos sigue por la acera contraria haciéndonos gestos hacia el zapato y sonriendo a morro chato, nosotros que no con el dedo y el que nos señala delante, PELIGRO dos más en la calle por la que vamos, hipnotizados por los zapatos del rubio, ya se mueven hacia nosotros; decidimos meternos en una tienda de bolsos. Esto ya es problemático, tenemos tres limpias en la calle una vendedora metiéndonos bolsos y mochilas a dos manos y un calor de canalillo de esa que te chorrea camino de la pierna.
Llegando al medio día Rodolfo se planteaba con argumentos desesperados, el tirar los zapatos e ir descalzo, lo disuadía el extremo calor que tenía el asfalto, pero solo era la una de la tarde. Deje de contar a partir del 12 y no deje de reírme en ningún momento y menos cuando veía los apuros del chulito del Madrid.
Vencidos por el cansancio, llevábamos 48horas sin dormir, me acuerdo perfectamente del nene y su santo padre, cenamos en el hotel un poco de fruta que compramos a una vendedora,
 usando nuestra particular jerga Sordomudo/inglesa rara pero alta mente comprensible por los nativos, que en medio de la acera han puesto sus mercancías, los lichis, el rambután y las chirimoyas junto con las sandias es lo más fácil de encontrar.

Mañana mas   Zzzzz

2 comentarios:

  1. Que guay, lo que hubiese pagado por ver la etapa del limpia detrás de Rodolfo:limpia,limpia,limpia y el Rodol diciendole en español cañi hijo de las cuatro letras.jijiji

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